Muchas veces, en mis clases, intento recuperar las
experiencias que cada estudiante del profesorado ha tenido a lo largo de su biografía
escolar, porque – les digo –son las que nos marcan una vez que estamos frente a
un grupo de niñ@s. En realidad, nuestro ser
docente comienza a construirse desde la primera vez en nuestra vida en la que
pisamos una institución escolar. Y en algún rincón de nuestra mente y nuestras
emociones conservamos las buenas y malas situaciones por las que atravesamos,
junto con los olores, los sabores, los matices, los objetos de aquellos
momentos.
Y cuando nos enfrentamos por primera vez a un grupo, comienzan
a aparecer - muchas veces sin que sepamos de dónde - reacciones, palabras,
gestos, actitudes, que pertenecieron a aquellos docentes que – para bien o para
mal – dejaron su marca en nosotros.
Hace unos años, una estudiante me contó que, en la escuela
secundaria, una profesora le había ordenado que se quedara callada. Pero una
vez que logró su objetivo, no le alcanzó con eso, sino que le pidió que no
siguiera pensando porque – le dijo – podía leer hasta en su mente, que no estaba
concentrada en el tema.
Y ahí corroboré que la escuela no sólo ha condicionado
nuestros cuerpos, nuestro lenguaje, nuestras ideas. Parece que, también, nuestros secretos.
Lista de prioridades
de cada día:
Entusiasmar sin imponer
Dejarse sorprender
Cerrar los ojos y confiar
Preguntar lo que no sé
Compartir la incertidumbre
Habilitar las emociones
Respetar los silencios
Validar las opiniones.
Nombrar la esperanza.

Hoy tomo estos dos prestados:
ResponderEliminarREspetar los silencios
Nombrar la esperanza
para acunarlos en mi corazón docente!!
Gracias Sil
Flavia